Las trampas de Maigret

Se nota que Georges Simenon era un hábil y experto profesional. Escribir es para muchos una necesidad, una iluminación, una llamada, y para otros, escribir es un oficio al que dominar, clara y concisamente. ¿Es mejor una cosa que la otra? No se. Y en la respuesta se nota que no pertenezco a esa afortunada clase de los que escriben sin despeinarse, después de desayunar y fumando tranquilamente una pipa.

Leí por primera vez a Simenon después de salir de las garras afiladas de una Agatha Christie que envenenaba a base de dosis de misterio la vida de cualquier adolescente. Así que, centrarme en las investigaciones de George Simenon dio otra dimensión a mis lecturas de novela policíaca.  El policía francés perseguía a su sospechoso subido en un tranvía por París. No recuerdo el título del libro y cuando fui a París años después busqué ese u otro tranvía y no lo vi, había desaparecido de las calles adoquinadas. También desaparecieron Simenon y su detective Maigret de las librerías españolas. ¿Bajo qué criterio? No entraré ahora en estas disquisiciones. Por suerte la Editorial Acantilado empezó a publicar a Simenon en 2012. Una decisión sabia, sin duda. La novela policíaca está hecha también para los sabios y los literatos.

Por eso ha llegado a nuestras manos esta edición de Maigret tiende una trampa. Es el caso de un asesino en serie, como no, de mujeres inocentes que caminan por las calles de Montmartre. El dibujo de la vieja ciudad, de las calles del barrio antiguo, el análisis psicológico de los personajes o las ráfagas familiares de Maigret. Todo está en esta novela que podría destacar por la compasión que el policía siente por el asesino. ¿Por qué? Tal vez la respuesta podría estar en un vestido azul, la posesión o el amor sin condiciones.

A destacar el placer de leer a George Simenon, escriba lo que escriba. Interesante también la foto de cubierta: viaducto de la calle Bailén, Madrid.

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Una tarde de verano en París

libroderequiemsUna tarde de agosto. Recorro las calles del barrio parisino de Marais siguiendo los pasos del Libro de réquiems (Edhasa), de Mauricio Wiesenthal. Poco antes había observado desde mi buhardilla en el barrio de Ópera los tejados de mis vecinos, y me imaginaba a Mimí en el aria Quando m’en vo (La Bohème) Muchas vidas, y mucha historia desde allí arriba.

Wiesenthal dice que “ser europeo es vivir en un pequeño continente que puede recorrerse a pie. Y el pie es, también, una medida de la poesía…”. Y constato esta medida durante un paseo por las calles del barrio judío y la plaza de Los Vosgos. Traslado de un lado a otro el Libro de réquiems a modo de guía y me dejo llevar por las calles de ese París lleno de referencias. Me impone la presencia de la habitación de Marcel Proust, ahora en el museo Carnavalet y me lleno de su tiempo y del camino de Swann hasta llegar a la Place des Vosges. Es un día soleado, pero ya la tarde ha llenado de melancolía el recuerdo que se esconde entre los balcones y las chimeneas admirables que parecen de otro tiempo. La literatura posee también ese lado obsesivo. Y, a fuerza de meternos en los libros, necesitamos verlos o intuirlos en la vida. Viajar puede ser para algunos algo más que transitar por calles y autopistas.

plazadevosgesY, claro, allí, en aquella esquina veo una bandera francesa ondeando en un balcón, el que fuera el balcón de Victor Hugo. En la misma acera, siguiendo la ruta de los soportales, veo las mesas de la terraza del Restaurant La Place Royale justo al lado de la casa de Madame Sêvigné. Si la felicidad se puede vestir de alguna manera, en parte, creo, puede hablar francés, y se acompaña suntuosamente por el sabor del foie y el aroma del borgoña. Mientras miro el color de picota del vino, me acuerdo de unas jugosas reflexiones que había leído esa misma mañana mientras recorría el trayecto entre Clemond-Ferrand y París. Mauricio Wisenthal habla sobre sus lecturas de juventud y recuerda aquellos aventureros primeros años de su vida. Él cree que hay notables diferencias entre los lectores de Camus y Sartre de aquella época. Por lo visto, o una cosa o la otra. Los lectores de Camus -dice- “teníamos las novias más guapas, más intrépidas y audaces”. En cambio, “los secuaces de Sartre solo salían con niñas freudianas y marxistas. Intelectuales pragmáticas y miopes”. Tampoco está mal esa otra manera de ver las cosas.

Rodoreda pintaba y cosia

Ya hace días que ha finalizado el 2008 y hace días también que ha terminado el año Rodoreda. Con la rotundidad que dan las cifras, podría parecer que ahora, entrado el 2009, ya no hay nada más que decir sobre el mejor escritor que ha dado Cataluña a lo largo de toda su historia (y digo escritor y no escritora). Y de forma subjetiva y libre me sale afirmar que si la literatura en catalán no tuviera a Mercè Rodoreda debería inventarla. Pero no solo para la literatura. Me detuve a mirar repetidamente (varias veces empecé a observar los cuadros desde el principio, por si acaso no había observado bien todos los detalles) la treintena de cuadros pintados por Mercè Rodoreda en Paris en una exposición en la Pedrera de Barcelona.

Mercè Rodoreda pintava i cosia.

Y pongo estas dos actividades juntas porque las practicó, juntas, durante sus años de posguerra en París (1949 a 1957). La costura le servía para ganarse la vida (9 francos la pieza), en un momento en el que una extraña parálisis en el brazo no la dejaba escribir mucho tiempo seguido. Así que, las pinturas, el hilo y la aguja compartían mesa en aquellas buhardilla de 8 metros cuadrados del número 21 de la calle Cherche-Midi, en el barrio latino. Era aquel un momento en que la gente tenía que huir y tenía que correr por un mundo extraño y duro, desesperado y desesperanzado. Ella, que había huido del régimen franquista, también tuvo que correr kilómetros a pie, huyendo de los nazis.

Cartel del la exposición L'altra RodoredaEn su piso de Paris era una mujer con delantal y una artista que, como ya hacían en las vanguardias de principios de siglo, se manifestaba con la pintura y con la literatura . En ese reducido espacio donde vivía, Rodoreda intentaba poner en práctica una de sus vocaciones de juventud, la pintura.

Mirado bajo el tamiz de 60 años de diferencia, estos cuadros son una extensión más del mundo creativo y del lenguaje de Rodoreda. Es el lenguaje como expresividad y razón de ser, como mensaje. También es el estilo de la pintura de aquel París que quedó después de la Segunda Guerra Mundial, desesperanzado e infeliz. La ciudad, superado 1945, no era la misma en la que habían vivido los artistas de principios de siglo. Nueva York había comenzado a ser el centro del universo creativo, y la capital de Francia se dedicó a poner en práctica el Art Brut, de Jean Dubuffet, y a hacer retrospectivas de Kandinsky y Klee, que habían desaparecido (los dos pintores, casualmente) el año 40, dejando su obra como referente generacional. l’Art Brut funcionó como el Dadá después de la Primera Guerra Mundial, y se convirtió en el máximo crítico de una cultura que no había sabido evitar la guerra.  Mercè Rodoreda se encontró viviendo en el centro de aquellas tendencias, muy cerca de la Place Vendôme. Estaba Picasso, estaba Miró y estaba la necesidad artística de abstraer toda la rabia y la tristeza de los años pasados y presentes. Son acuarelas y gouache sobre papel, y también collages. “Nunca me había divertido tanto como recortando y pegando”, dejó escrito. En realidad, Rodoreda veía muchas similitudes entre un collage y una novela. Son mujeres, niños y soldados que, como toda la obra literaria de la autora, muestran una gran complejidad bajo una apariencia simple y sencilla. Ha sido toda una experiencia ver esta singular exposición, por hecho pictórico de una escritora con muchos enigmas. Sentía una gran curiosidad por ver esta treintena de cuadros, de los 150 que pintó Rodoreda. Me quedo con una definición suya: “He hecho aquellas figuras, y sólo de mirarlas te viene como una especie de alegría de loco”.