Loxandra

Portada LoxandaDice Selma Ancira: “no hay en Grecia una sola persona que no haya oído hablar de Loxandra”. Ya se han hecho más de 60 ediciones de esta novela que María Iordanidu empezó a escribir con 65 años. Iordanidu cree que el éxito de sus libros se debe a que el mundo es absurdo y serio y que la gente necesita alegría de vivir y paz en el alma.

Por eso ha calado hondo Loxandra, una mujer que quiere a todo el mundo y alimenta a quien tiene más cerca. El día comienza con un placer cotidiano: irse al mercado y comprar las frutas, las verduras, la carne y el pescado. Un mar de colores y olores, de voces que hablan alto y deprisa. Es importante comprar bien. Después trabajará durante horas en su cocina y se sentará para disfrutar mirando a los que comen en su casa: la familia y los amigos. Ellos ríen mientras alimentan el cuerpo y el alma. Desde que Loxandra se casó con el viudo Dimitrós se sintió repleta de la riqueza que llenó su vida, y ella fue quien ordenó la vida de su amplia familia y la de los vecinos del barrio.

La novela de Iordanidu es un concierto de sensaciones. Los cinco sentidos al servicio de la narración. Aunque es posible que la verdadera intención de la escritora fuera extraer de su memoria los recuerdos de la infancia, y los sonidos, los olores, los sabores. Los primeros años de María Iordanidu están llenos de la presencia (poderosa presencia) de su abuela. Loxandra necesitaba vivir. Vivir en lugar de dejarse arrastrar por los acontecimientos que no podía controlar. Se cerraba una puerta y se abría otra, la que fuera, la que llevara al ser humano hacia las cosas nuevas: los colores y los sonidos. Y la comida, fuente de vida y de placer inmenso. Eso es lo que se percibe leyendo Loxandra. Este es un libro al que volver, para que no se nos olvide que un día existió una fuerza de la naturaleza, una persona que vivió a toda costa.

“Cuando nos alimentamos —dice Loxandra— no importa la raza, la procedencia o de qué país vienes. Mal rayo nos parta.” La Constantinopla del siglo XIX, a orillas de Bósforo llenaba sus calles de multitudes diversas, griegos y turcos, principalmente.

Como en todas las novelas de Iordanidu, Loxandra contiene grandes dosis de sentido del humor. Eso es lo que mueve el mundo y el tañido de las campanas de Santa Sofia.

María Iordanidu Nació en Constantinopla cuando estaba finalizando el siglo XIX y vivió hasta el final de los años 80 del siglo XX. En total, una larga vida para alguien que también decidió disfrutar de todas las cosas, como su abuela, aunque tuvo que tragar muchos tragos amargos. La infancia feliz en Constantinopla. La primera Guerra Mundial. Duros años en Rusia. Ya en Grecia de nuevo, vivió la ocupación alemana durante la segunda Guerra Mundial y la destrucción de su casa. Aprendió lenguas que le sirvieron para ganarse la vida. Publicó su primera novela, Loxandra, a los 65 años. Después vendrían Vacaciones en el Cáucaso y En nuestro patio.

“Dice Loxandra que vino al mundo en Constantinopla, en tiempos del sultán Abdül-Mecit, que mala suerte tenga…

—Shhh, cállate, Loxandra, nos perderás.

—Oh, que Dios conceda larga vida al sultán Abdül-Macit, ¡mal rayo lo parta!

—Shhh, calla de una vez. ¿Te has vuelto loca para gritar así?

Pero Loxandra no está gritando. ¿O sí? No, está hablando en voz baja. Pero la voz baja de Loxandra resuena como una campana de Santa Sofia.

(Primera página de Loxandra)

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