Los años de Annie Ernaux

imagen de la portada de Los Años de Annie Ernaux. Foto IFernandezLa escritura es algo más que palabras. Eso es lo que nos da por deducir después de leer a Annie Ernaux. Ella misma lo ha dicho: «Las palabras acuden sin que las busque». Y así se adaptan a la representación de las cosas. Ella describe lo que ve y lo que recuerda, o lo que piensa, que es lo mismo. Por eso la escritura no es otra cosa que una constante transcripción. En los textos de Annie Ernaux el ritmo de las frases se desarrolla sin esfuerzo, y fluye por las páginas como un rio. Sí, podría decirse que un libro de la escritora francesa, cualquiera, o muchos de ellos, son una conversación. Para ello, es necesario que el texto sea sincero y preciso. Así es ella.

En Los años (Ed. Cabaret Voltaire), por ejemplo, el texto comienza: «Todas las imágenes desapareceran.» (pág. 13),  y luego: «se anularán súbitamente las miles de palabras que han servido para nombrar las cosas, las caras de las personas, los actos y los sentimientos, que han condenado al mundo, que han hecho latir el corazón y humedecer el sexo.» (pág. 18) Y así, asistimos a una larga sonata de palabras (que son imágenes, recuerdos, citas, recorrido por la cultura) que pasan por las canciones, el cine, el descubrir de un mundo nuevo después de la larga marcha que supuso para Francia, y para toda Europa, una posguerra que no quiso detenerse en el letargo y la autodestrucción. Había que vivir y superar la miseria y transportarse, poco a poco, a fuerza del pedaleo de una bicicleta nueva, la del cine de Brigitte Bardot, las canciones de Edith Piaf, el mundo que vino después del 68 por las calles de París. Pero en Annie Ernaux y en su literatura, la escrita, la mental, también está el descubrimiento de Simone de Beavoir y la Náusea de Sartre. Camus transmutando el trauma de Argelia… Pero ella (Ernaux) también llevaba a rastras, en una maleta de cartón, quilos de páginas de Racine, Voltaire, Balzac. La Thérèse Raquin de Zola. El siglo XIX como aleteo constante de quien leyó y escribió, de quien escribe y lee sin remedio: Flaubert, Proust, Céline… Las literatura labrada con un cincel. Y Virginaia Woolf más allá de Rousseau.

Es la incansable armonía que construye las creaciones de Annie Ernaux. La naturalidad de un mundo propio e inabarcable. El desafío de la memoria.

Hay libros que se leen y libros que se habitan. Los de Annie Ernaux pertenecen a una categoría distinta: son espejos fríos donde, al mirar la vida de otra, terminas reconociendo los fragmentos de la tuya. ¿Por qué dedicarle tiempo a una autora que parece despojarse de todo adorno literario? La respuesta es sencilla: Ernaux no busca la metáfora complaciente ni el adjetivo que brilla. Busca la verdad, aunque esa verdad sea un hueso desnudo. La memoria como archivo político

En obras como Los años, Ernaux no solo narra su biografía. Lo que hace es una autobiografía colectiva. A través de sus ojos, vemos pasar la historia de Francia y de Europa, la evolución de la mujer, el sexo, el ascenso del consumo y el peso de la clase social.

Y Ella no se juzga, solo se observa.

Leer a la Premio Nobel francesa Annie Ernaux requiere un pacto de honestidad. No busquéis aquí grandes tramas de suspense; buscad la tensión de lo cotidiano. Es una lectura que exige atención, que pide silencio. Al final, como ella misma dice, escribir es una forma de salvar algo de lo que ya no somos. Y leerla es, de alguna manera, rescatarnos a nosotros mismos.


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