El orden del día

Es una sinfonía prodigiosa. Pensaba en esto mientras leía El orden del día. Aquí el violín, aquí un agudo toque de percusión y el oboe a lo lejos. El coro susura la melodía de un encuentro y una exclamación sonora sale de los discursos histriónicos de un dictador. Éric Vuillard, que consiguió el Premio Gouncourt 2017 con este libro,  nos introduce habilmente entre las bambalinas de la Historia.

Aquella fria mañana de febrero en Berlín se despertó igual que las otras. “Las gentes” acuden al trabajo y se despiertan del sueño acurrucados en un rincón del tranvía. Pero el 20 de febrero de 1933 no fue un día cualquiera. Muy cerca, y muy lejos de las vidas familiares, cotidianas, sin dobleces, se produjo una reunión secreta a orillas del Spree. Unos caballeros y sus brillantes zapatos negros subían los elegantes escalones del Palacio del Reichstag.Todos vestían gabanes osucuros, sombreros de fieltro y elegantes trajes a rayas de tres piezas. Introducían sus perfiladas manos en los bolsillos de unos pantalones perfectamente planchados. Nítidas figuras acudiendo a una llamada superior, la de dominar el mundo. Son empresarios necesarios para un proyecto oscuro, macabro. El dominio de las conciencias. El imperio de un terror que todavía hoy no se ha resuelto.

Éric Vuillard se introduce en los escenarios de una cita indispensable para lo que sucedería después. Había leído sobre los auténticos artífices del nazismo, los que estaban detrás de aquellos eléctricos discurso del Führer. Pero no lo tengo claro. ¿Cómo saberlo? Será verdad que los hombres de negocios son cobardes? ¿Será verdad que son ellos los que realmente dominan el mundo? No lo se. Pero a aquella reunión de 1933, la que no estaba en el orden del día, celebrada en el Reichstag, asistieron los dueños de Opel, Siemens, Bayer, Telefunken, Agfa o Krupp, y donaron ingentes cantidades de dinero al nuevo régimen impulsado por Hitler.

Que facil resulta describir esto y que dificil asumir el verdadero sentido de esas reuniones secretas. Éric Vuillard consigue adentrar a los lectores por los estrechos vericuetos de unas salas elegantemente dispuestas para la introspección, para las decisiones del más alto nivel. Mientras se degusta con delicadeza una excelsa receta de Escoffier, se decide el futuro del mundo occidental.

La verdad está dispersa en toda clase de partículas.

 

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